miércoles, 4 de mayo de 2016

Un beso abrió las puertas del infierno

Fue la señal, como la traición contada en los evangelios: —A la que yo dé un beso, ésa es. Y a fines de 1977, en Buenos Aires, el Ángel Rubio besó, una tras otra, a Esther Balestrino, María Ponce y Azucena Villaflor, fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, y a las monjas Alice Domon y Léonie Duquet.
Y se las tragó la tierra. El ministro del Interior de la dictadura militar negó que las madres estuvieran presas y dijo que las monjas se habían ido a México, a ejercer la prostitución.
Después se supo que todas, madres y monjas, habían sido torturadas y arrojadas vivas al mar desde un avión.
Y el Ángel Rubio fue reconocido. A pesar de la barba y de la gorra, fue reconocido, cuando los diarios publicaron la foto del capitán Alfredo Astiz firmando, cabizbajo, la rendición ante los ingleses.
Era el fin de la guerra de las Malvinas, y él no había disparado ni un tiro.
Estaba especializado en otros heroísmos.


Eduardo Galeano
(Un beso abrió las puertas del infiernoDel libro Espejos, una historia casi universal)

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