Atención: nota no apta para personas que no persiguen utopías y no crean en duendes y hadas.
Aunque lo intenté varias veces, desde que quedó vacío no pude entrar a la casa,
llegaba a la puerta y me volvía, presentía que iba a sufrir.
Hoy, ante un compromiso asumido, volví.
Al entrar el frío del ambiente y el tremendo silencio golpearon fuerte en mi corazón.
No había risas ni llantos, no sentí el agradable olorcito de la comida que me llevaba
a destapar la olla y probar lo que Maru o Elsa estaban cocinando.
No había juguetes desparramados por casi toda la casa, ni niños haciendo las tareas,
la enorme mesa del comedor se veía desolada.
Todo era frío y silencio.
Abrumada me senté en la cocina, me arropé con mi abrigo y cerré los ojos.
Entonces, como por arte de magia, comenzaron a desfilar ante mi ¡ tantos recuerdos!
No pasaron en vano casi 27 años de mi vida dedicados a la tarea más hermosa que puede realizar un ser:
Ayudar a crecer y a hacer felices a los niños, propio y de los otros, nunca ajenos.
Nítidamente, me vi en las reuniones escolares, actuando en los actos de los más chiquitos,( una vez fui una luciérnaga, un poco pesada por los años, pero en fin...)
Me vi velando enfermedades, compartiendo absolutamente todo con las familias de los chicos,
festejando cumpleaños, ¡ hasta de 15 ! ¡ graduaciones! con el orgullo pleno de verlos recibir el premio
al Mejor compañero, al de alumno solidario o el de mejor promedio escolar.
Son tantos los recuerdos que resulta imposible ponerlos por escrito.
De pronto comencé a sentir un tibio calor que me envolvía,
¡ pero como, si hacía tanto frío!
Abrí lentamente los ojos y vi infinidad de chicos que soplaban hacía mí envolviéndome
en una tenue nube de calor.
Sentí que me acariciaban, me tocaban suavemente, se subían a mi falda
formando un frondoso árbol con muchas ramas donde ellos se trepaban.
No sé que estaba pasando, pero, ¡ era tan grato! centré mi atención para comprender que sucedía,pero otra vez, como por arte de magia, las figuras comienzan a desvanecerse , se meten en las paredes, se esconden en los rincones y con gestos traviesos
me tiran besos y se van.
Ahora, ya de nuevo en la realidad, me doy cuenta que son los niños que pasaron por el Hogar y
como duendes guardianes estarán por siempre en él.
Me levanto, tomo las llaves, apago las luces, el Hogar queda a oscuras, pero yo me voy iluminada como nunca.

