miércoles, 11 de mayo de 2016


                                     Atención: nota no apta para personas que no persiguen utopías y no crean en duendes y hadas.

Aunque lo intenté varias veces, desde que quedó vacío no pude entrar a la casa,
llegaba a la puerta y me volvía, presentía que iba a sufrir.
Hoy, ante un compromiso asumido, volví.
Al entrar el frío del ambiente y el tremendo silencio golpearon fuerte en mi corazón.
No había risas ni llantos, no sentí el agradable olorcito de la comida que me llevaba
a destapar la olla y probar lo que Maru o Elsa estaban cocinando.
No había juguetes desparramados por casi toda la casa, ni niños haciendo las tareas,
la enorme mesa del comedor se veía desolada.
Todo era frío y silencio.
Abrumada me senté en la cocina, me arropé con mi abrigo y cerré los ojos.
Entonces, como por arte de magia, comenzaron a desfilar ante mi ¡ tantos recuerdos!
No pasaron en vano casi 27 años de mi vida dedicados a la tarea más hermosa que puede realizar un ser:
Ayudar a crecer y a hacer felices a los niños, propio y de los otros, nunca ajenos.
Nítidamente, me vi en las reuniones escolares, actuando en los actos de los más chiquitos,
( una vez fui una luciérnaga, un poco pesada por los años, pero en fin...) 
Me vi velando enfermedades, compartiendo absolutamente todo con las familias de los chicos,
festejando cumpleaños, ¡ hasta de 15 ! ¡ graduaciones! con el orgullo pleno de verlos recibir el premio
al Mejor compañero,  al de alumno solidario o el de mejor promedio escolar.
Son tantos los recuerdos que resulta imposible ponerlos por escrito.
De pronto comencé a sentir un tibio calor que me envolvía,
¡ pero como, si hacía tanto frío!
Abrí lentamente los ojos y vi infinidad de chicos que soplaban hacía mí envolviéndome
en una tenue nube de calor.

Sentí que me acariciaban, me tocaban suavemente, se subían a mi falda
formando un frondoso árbol con muchas ramas donde ellos se trepaban.



No sé que estaba pasando, pero, ¡ era tan grato! centré mi atención para comprender que sucedía,pero otra vez, como por arte de magia, las figuras comienzan a desvanecerse , se meten en las paredes, se esconden en los rincones y con gestos traviesos
me tiran besos y se van.
Ahora, ya de nuevo en la realidad, me doy cuenta que son los niños que pasaron por el Hogar y 
como duendes guardianes estarán por siempre en él.

Me levanto, tomo las llaves, apago las luces, el Hogar queda a oscuras, pero yo me voy iluminada como nunca.


miércoles, 4 de mayo de 2016

Un beso abrió las puertas del infierno

Fue la señal, como la traición contada en los evangelios: —A la que yo dé un beso, ésa es. Y a fines de 1977, en Buenos Aires, el Ángel Rubio besó, una tras otra, a Esther Balestrino, María Ponce y Azucena Villaflor, fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, y a las monjas Alice Domon y Léonie Duquet.
Y se las tragó la tierra. El ministro del Interior de la dictadura militar negó que las madres estuvieran presas y dijo que las monjas se habían ido a México, a ejercer la prostitución.
Después se supo que todas, madres y monjas, habían sido torturadas y arrojadas vivas al mar desde un avión.
Y el Ángel Rubio fue reconocido. A pesar de la barba y de la gorra, fue reconocido, cuando los diarios publicaron la foto del capitán Alfredo Astiz firmando, cabizbajo, la rendición ante los ingleses.
Era el fin de la guerra de las Malvinas, y él no había disparado ni un tiro.
Estaba especializado en otros heroísmos.


Eduardo Galeano
(Un beso abrió las puertas del infiernoDel libro Espejos, una historia casi universal)